IN MEMORIAM MONSEÑOR JOSÉ DEMETRIO JIMÉNEZ, OSA (1963-2019).





En la mañana del Miércoles 23 de Octubre, tenia su pascua este Pastor con olor a oveja, cercano , humilde, laborioso, profundo en sus lecturas y sabio, eruditamente sabio..un Hombre de Dios, quien a quienes hacemos Biblioteca Agustiniana nos ha dado Todo por el Todo..son muchas la imágenes de la memoria que se nos vienen a la cabeza, pero sin duda sus palabras son el mejor consuelo ante su partida.

Compartimos este mensaje de este gran agustino, Fundador y ex Director de ETIAM, de las Semanas Agustinianas de Pensamiento, palabras del Obispo Prelado de Cafayate.

Para un cristiano el sentido de su vida -como la de Jesús- es el amor, amor de caridad, es decir: el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu para que lo transmitamos por doquier (cf. Romanos 5, 5). En esto hemos de estar siempre renovándonos, convirtiéndonos, “cristificándonos”: nuestra vida es don de amor, fruto de su misericordia.
Don es dar: Dios da lo que es, Amor, y es Él quien nos ha llamado. No se da en solitario, sino en “projimidad”, en “trinidad”(yo - tú - él = nosotros), en familia, en comunidad, en pueblo. Nuestra “vocación”es amar, porque en eso consiste el seguimiento de Jesús, que nos llama a transitar este camino con Él y la humanidad entera, particularmente con los que están más cerca.
La vocación no se tiene ni se posee, se recibe y nos posee, nos contiene. No se consigue con el propio esfuerzo, sino que se recibe con la disposición debida tras la escucha del decir de Dios en su Palabra, en la tradición, en la historia personal, en la comunidad de fe. Es un acontecimiento que nos introduce en el corazón de Dios y en la vida de la Iglesia de un modo concreto, específico, particular. Es una peculiar semilla depositada en la tierra de nuestro corazón: ya ha sido plantada, pero hay que cuidarla para que eche raíces y no se pudra, regarla para que germine y no se seque, cultivarla para que crezca, fumigarla para que no la aniquilen las plagas, abonarla para que se robustezca y no la arrasen las tormentas, supere los fríos y madure el fruto esperado.
Dios nos llama a esto: a amar con Él, por Él y en Él, al seguimiento de Jesús, a la configuración con su Ungido, el Mesías, el Cristo. “Mi amor es mi peso. Por él soy llevado a donde quiera que voy”, escribió san Agustín (Confesiones 13, 9). La grandeza de las cosas se mide por su bondad. Lo bueno es nuestra meta, la excelsa bondad del Amor.
Jesús no oculta a sus discípulos los desafíos que les esperan. Habla claro desde el principio. “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y la Buena Noticia, la salvará” (Marcos 8, 34-35). Perder para ganar, dar para obtener, entregarse para vencer…
¿Conocemos el juego del “dominó”? Es un juego de mesa curioso: se gana perdiendo. Gana el que primero pierde sus fichas... No es como otros juegos, en los que gana el que más puntos consigue tener entre sus manos. ¡No! En el “dominó” el que triunfa es el que primero llega a “tener nada".
Con frecuencia nos sentimos seducidos por frases como estas: “Consigue lo más que puedas”, “disfruta lo más que puedas”, “posee lo más que puedas”. “El sabor del encuentro es disfrutar del momento: ¿por qué dejarlo pasar?”, fue hace años el lema de una afamada marca de cerveza. Jesús nos propone aprovechar el momento y disfrutarlo, pero desde otra perspectiva: “Da todo lo que puedas”, “comparte lo más que puedas”, “date por entero”... Nadie podrá quitarte lo que ya diste, lo único que conservarás será el corazón generoso hecho grande por el desprendimiento de lo que entregaste. “A nadie deban más que amor”, dice san Pablo (Romanos13, 8). El amor –escribió san Agustín- crece cuando se da, aumenta cuando se entrega (cf. Carta 192, 1).
Hacerle caso a Jesús: ese es el contenido del desafío. Y hacerlo eficazmente, poniéndolo todo sobre la mesa, sin trampas, como en el “dominó”. Poner en Él toda nuestra confianza, en Él, Pastor bueno, Buen Pastor, que conoce los senderos, ha explorado los cerros, se ha adentrado en las quebradas, ha atravesado los ríos, ha perdido la tranquilidad de una buena posición y el sosiego de una hermosa casa para guiar a los suyos por los mejores senderos, para prevenirles y evitarles en la medida de lo posible los peligros, para conducirles a buenos pastos por caminos adecuados (cf. Juan 10, 13-15; Filipenses 2-11).
¿Cómo darme cuenta si verdaderamente soy su discípulo? ¿Cómo darnos cuenta si estamos o no siendo de los suyos? ¿Cómo discernir los caminos de su seguimiento? San Agustín muestra un criterio en sus Confesiones. Es buen discípulo del Señor quien hace profesión de fe, esto es, quien “confiesa” la bondad de Dios y reconoce su gracia en la vida, más poderosa que la fragilidad y el pecado. Quizá estos puedan ser algunos indicios:
- Cuando un buen discípulo comete un error, por grande y escandaloso que sea, dice: “Me equivoqué, reconozco mi pecado, pido perdón” (cf. Lucas 15, 21; cuando un mal discípulo comete un error, la culpa la tienen los otros... (cf. Lucas 15, 29).
- Un buen discípulo afronta los desafíos, busca respuesta a las situaciones problemáticas, por grandes que sean (cf. Juan 8, 7); un mal discípulo da vueltas y vueltas, no asume los desafíos ni afronta las situaciones, y con frecuencia pretende soluciones mágicas, que no le impliquen conversión... (cf. Juan 8, 9).
- Un buen discípulo se compromete con el bien y pone en él la vida, aun cuando se equivoque (cf. Lucas 19, 8); un mal discípulo hace falsas promesas y elabora discursos vacíos... (cf. Lucas 18, 24).
- Un buen discípulo dice: “Soy bueno, pero no tan bueno como a mí me gustaría ser” (cf. Lucas 18, 13); un mal discípulo dice: “No soy tan malo como lo es mucha otra gente”... (cf. Lucas 18, 11-12).
- Un buen discípulo escucha, comprende y responde (cf. Mateo 13, 10-11); un mal discípulo sólo espera que le den la razón y lo alaben, hacer la suya… (cf. 2 Timoteo 3, 1-2)
- Un buen discípulo respeta a los buenos y trata de aprender algo de ellos (cf. Juan 1, 47); un mal discípulo se resiente con aquellos que son mejores y trata de encontrar sus defectos para ponerlos en evidencia, incluso provocando y tendiendo trampas... (cf. Lucas 6, 7).
El buen discípulo es quien tiene en la vida la misma disposición que el que juega al “dominó”: gana quien pone sobre la mesa todo lo que tiene, todo lo que es... En esto consiste la vida cristiana, la de todos los cristianos.
Fraternalmente en Jesús, María y José,
Mons. José Demetrio Jiménez OSA, obispo prelado de Cafayate
De la Carta pastoral convocando el “Año Vocacional” en 2017.

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